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UNA
REFLEXION SOBRE EL FUTURO DE LOS TELECENTROS
EN MÉXICO Y AMERICA LATINA
DR. SCOTT S. ROBINSON
-- ANTROPOLOGIA/UAM IZTAPALAPA
Los
telecentros en México y América Latina corren el riesgo de ser una
especie en extinción antes de concluir su periodo posparto. Las
condiciones del mercado, el ritmo acelerado del desarrollo de la
tecnología digital y la ausencia de un marco regulatorio a su favor
son factores que inhiben el crecimiento de los telecentros en la
región. Es una situación alarmante, porque el telecentro representa
una novedosa figura organizativa de la sociedad civil, ni proyecto
de gobierno ni empresa privada, que ofrece servicios de acceso al
inmenso mundo de la información disponible en la Internet y al tiempo
la capacitación para los usuarios en los diversos instrumentos de
la informática. Sin un dominio de las herramientas que permitan
la administración de la información consultada y recopilada de poco
le sirve a los ciudadanos. El telecentro, mucho más que un simple
cibercafé, es el resultado de inquietudes sociales actuando en convergencia
con la informática. Y el telecentro puede ser una metáfora apropiada
de lo que algunos llaman el Tercer Sector, un espacio donde individuos
con intereses afines logran ligarse con la sociedad del conocimiento
al construir redes, nodos interconectados y separados en el espacio
geográfico y digital, con una creciente potencialidad al nivel local,
microregional, nacional e internacional.
El
telecentro es el producto de una evolución de las redes humanas
y digitales formadas por los primeros curiosos que se fueron comprometiendo
con las aplicaciones sociales de la informática. A finales de la
década de los años '80, los contados grupos que iniciaron la creación
de programas de cómputo gratuitos, de bancos de información de textos
y datos útiles, utilizando el correo electrónico y protocolos de
transferencia de archivos, y el acceso a los archivos "gopher",
también imaginaron, sin mucho esfuerzo, aplicaciones de esta tecnología
con fines sociales, según sus objetivos de acuerdo a compromisos
con la democracia, la oferta de mayores recursos educativos, la
reducción del desgaste de los recursos naturales, la rendición de
cuentas de organismos públicos internacionales, una mayor transparencia
en la negociación de la amplísima gama de políticas públicas que
se relacionan con nuestras vidas, públicas y privadas. Se trata
del desarrollo de una conciencia social que evidentemente fue posible
a través de las redes, ampliadas e intensificadas por medio del
uso cada vez más intensivo de la Internet y el desarrollo de sus
instrumentos gráficos (WWW). Fue construyéndose un consenso donde
la novedad de la separación en el espacio y el tiempo entre los
participantes en redes electrónicas se convirtió en una herramienta
de poder creciente ante la explosión del número de participantes
y su papel emergente como nuevas elites pertenecientes a diversos
gremios. Y el costo de participar fue reduciéndose dramáticamente.
La figura del telecentro local sencillamente fue concebido como
el punto de acceso, sin fines de lucro, pero tampoco subsidiado,
donde novatos podrían engancharse con esta novedosa realidad de
participar en las redes de información y discusión, y a la vez compartir
los foros de discusión sobre asuntos públicos de mutuo interés.
El telecentro supone que hay ciudadanos interesados en mayor acceso
a la información, motivados a participar en las redes actuales,
y comprometidos con la ampliación de la oferta de este instrumento
al nivel local.
En
pocas palabras, cada proyecto de telecentro presupone un ambiente
propicio para la inducción de una conciencia social en función del
acceso a la información que la tecnología ahora permite. ¿Pero son
premisas bien fundadas en la realidad política y social de la América
Latina contemporánea? ¿No hay elementos en la cultura política,
herencia de muchas décadas de gobiernos autoritarios, instancias
del Estado impunes y parcos con la oferta de información útil para
los gobernados, la existencia de hechos y ambientes que efectivamente
discriminan en contra de la aceptación de los telecentros y lo que
ofrecen? ¿Los gremios del magisterio, médicos y enfermeras de las
castigadas clínicas de salud pública, los mandos medios municipales
y los funcionarios de segundo nivel de las secretarías de los gobiernos
estatales (o provinciales) realmente tienen un interés, o una necesidad
sentida, de consultar y/o ofrecer información profesionalmente relevante
en un telecentro? Sospecho que no es el caso, o por lo menos al
nivel de entusiasmo y compromiso que cumple con las expectativas
de los que nos dediquemos a la promoción, creación y administración
de los pocos telecentros operando hoy en México y toda la región
(www.tele-centros.org).
¿Y
a qué se debe? Sugiero que hay cuatro factores operando, entrelazados
entre sí, que dificultan la labor de los telecentros: 1) una cultura
mediática centrada en la radio y la televisión; 2) el rezago digital,
producto de una política de Estado, que actualmente México vive
en comparación con otros países de América Latina, Brasil y Chile,
por ejemplo; 3) un Tercer Sector de organizaciones no gubernamentales
débil con pocos vínculos con y apoyos o reconocimientos desde el
Estado; y 4) las reglas del poder local y regional, hasta nacional,
que obliga negociar los tratos, acuerdos, arreglos, convenios y
anexos de cara a cara, donde los actores no suelen compartir la
información pertinente.
El
hecho que apenas este jueves, el 8 de marzo del 2001, la Cámara
de la Radio y la Televisión de México firmó un acuerdo de autorregulación,
antes las evidentes presiones de la nueva administración federal,
es un signo del contexto nacional donde pocos dueños de las concesiones,
repartidas con absoluta discrecionalidad por las autoridades competentes,
controlan los medios. Estos instrumentos de la comunicación masiva
son buenos negocios para sus dueños, algunos ahora ofrecen sus mensajes
y nuevos servicios comerciales por medio de la Internet. Los periódicos
y noticieros de radio y de la televisión de mayor difusión nacional
también se difunden en la Internet, y puede ser claro su propósito
en un país donde hay poco más de dos millones de usuarios de la
Internet, una población ahora creciendo de manera dinámica. Pero
el fenómeno de esta proyección digital de los cuasi monopolios de
los medios en efecto dificulta la oferta de mensajes alternos; sube
el costo de oportunidad para los proyectos sociales, por ejemplo,
que aspiran ofrecer su información al tiempo que crean un valor
para la misma. Conforme pasa el tiempo, los difusores de información
en la Internet están obligados a funcionar con criterios mercantiles.
No es un ambiente muy propicio para proyectos sociales sin fines
de lucro y donde las instituciones educativas y culturales son exhortadas
a ser lo más autogestionarios posible. Me atrevo afirmar que el
perfil de esta situación se extiende a toda la región latinoamericana.
El
rezago digital en México, por ejemplo, es un tema controvertido.
No requiere mucha imaginación para suponer una probable decisión
estratégica del gobierno federal al principio del sexenio pasado.
Con la crisis financiera autoinducida por los mismos economistas
hechos funcionarios y políticos en 1994 y 1995, lo más fácil fue
dejar a "las fuerzas del mercado" la evolución de la infraestructura
digital y la oferta de información pertinente a la demanda del reducido
público usuario, y de la muy limitada gestión gubernamental "en
línea". Esta decisión también embonó con los intereses de la empresa
telefónica que mantuvo hasta 1999 un monopolio sobre la telefonía
local, lo que significa que lucraba con toda llamada a un servidor
de Internet. Al no fomentar la construcción de un dominio público
de información vinculado a las políticas públicas, tampoco se indujeron
los incentivos para consultar el limitado acervo de información
útil disponible. En efecto, hoy atestiguamos un rezago digital inducido,
complicado por el ahondamiento de la marcada estratificación entre
ricos y pobres que acompañó este período de la gestión política
federal. Estamos ante un rezago digital insólito por el peso de
la economía mexicana en el mundo y los avances en esta materia en
otros países de la región.
El
muy heterogéneo gremio de las organizaciones no gubernamentales
en México se ha dedicado más a combatir las carencias, omisiones
e impunidades de un Estado tradicionalmente autoritario, que construir
un dominio público de servicio a toda la sociedad civil. Este hecho,
observable en toda la región, no debe sorprendernos, si observamos
el perfil y la historia de este Tercer Sector, concentrado en las
ciudades, reclutando sus cuadros en las universidades y a veces
entre el liderazgo de movimientos sociales, dedicando sus recursos
y energía a proyectos muy concretos: la protección de los derechos
humanos, la creación de servicios para mujeres violadas y niños
de la calle, la reducción de la tala forestal clandestina y la contaminación
industrial, para nombrar sólo algunos rubros prioritarios de acción.
En efecto, no hubo muchos esfuerzos para fortalecer la sociedad
civil en las colonias proletarias ni en las regiones rurales de
México y los demás países de la región. Pero, ¡cuidado!, es obligación
también de la sociedad civil organizarse mejor, no en un sentido
corporativo, pero sí con esfuerzos coordinados donde las herramientas
digitales no son un fin en si mismo, sino instrumentos de trabajo
y difusión de métodos comprobados por medio de proyectos sociales.
No
cabe duda que la información tiene mayor valor y peso específico
en un ambiente donde la misma es escasa y la ética del dominio público
es endeble. En los municipios y al interior de muchos gobiernos
estatales, y México no es ninguna excepción, se aprecia las negociaciones
personales; el juego del regateo del poder y prebendas provoca una
concentración sobre la defensa de intereses personales, de gremio
o mercantiles. Esta situación reinante en la cultura política local
y micro, en efecto discrimina en contra de la construcción de un
dominio público de información amplia, detallada, actualizada y
útil, porque, en pocas palabras, no conviene a los actores tradicionales.
Semejante propuesta es tildada como utópica, inconveniente, poco
relevante a los negocios públicos en cabildeo continuo. Entonces,
¿cómo se construye un dominio público, los contenidos locales en
páginas WWW disponibles por medio de los telecentros, cuando los
actores principales, a todos los niveles, no lo valoren como tal?
Considero al tema como uno de los dilemas actuales de mayor peso
en el período por delante.
Hace
quince días el Secretario de Comunicaciones y Transportes de México,
Pedro Cerisola, anunció la creación de 2000 "telecentros" en las
muchas oficinas de Telecom durante el resto de este nuevo sexenio
(2000-2006). Hay una experiencia insólita aquí en el estado de Puebla,
www.sicomnet.edu.mx, donde el propio gobierno del estado construyó
y opera telecentros con servicios al público, y se sigue creciendo
en número en la accidentada geografía poblana. De igual manera el
gobierno del estado de Guanajuato creó los Centros del Saber. Existen
proyectos pilotos de telecentros, endebles e híbridos, en el estado
de Morelos, una iniciativa de la Universidad Metropolitana con recursos
del Centro Internacional de Investigación del Desarrollo de Canadá,
www.idrc.ca. Encontramos un "cóctel campechanado" de experiencias
y figuras organizativas que enfrenta la creciente concentración
de las empresas de los medios, incluyendo de la Internet, un novedoso
interés del gobierno federal en el tema (sin difundir aún la estrategia
a detalle), y una conectividad limitada y cara para usuarios del
medio rural. El conjunto de los telecentros comparte un desafío
en común: ¿cómo agregar valor al dominio público de la información
pertinente, y cómo generar interés e incentivos entre los distintos
gremios para que tomen conciencia de lo pertinente? No puedo concebir
a un sector dinámico de telecentros sin una revaloración del dominio
público, de la información que ahí pertenece, y de las obligaciones
mutuas de las organizaciones y actores involucrados.
Al
nivel de la región latinoamericana, es evidente que las elites nacionales
no anticiparon la velocidad de la llegada de la revolución digital
en sus respectivos ámbitos de poder y control de mercados y los
marcos regulatorios correspondientes. No debe sorprendernos, como
consecuencia, lo tardado que ha sido la privatización de anquilosadas
burocracias oficiales de las telecomunicaciones, conforme estas
elites se pusieron dé acuerdo con sus socios tecnológicos y financieros
para operar nuevas empresas de servicios digitales en mercados protegidos
de facto. Este ambiente, medio caótico en cuanto a los contrastes
entre servicios disponibles y sus costos entre los países latinoamericanos,
es hoy campo fértil para las megafranquicias en vías de consolidación
entre "carriers", proveedores de contenidos (donde los monopolios
regionales de la televisión abierta juegan un papel preponderante),
y las empresas que ofrecen la conectividad a nivel local (en su
mayoría las telefónicas). Estas megafranquicias pueden acaparar
un mercado en plena fase de expansión, donde los proyectos de los
telecentros han creado expectativas y una población cada vez más
capacitada y sensibilizada en cuanto a los beneficios de los instrumentos
digitales. No es descabellado afirmar que los telecentros, como
proyectos sociales, de manera gratis están creando demanda que sólo
proyectos de gran escala pueden capitalizar, y esto ocurre en un
escenario donde las agencias del estado han confiado su desarrollo
digital a las "fuerzas del mercado". Y al no tener modelos de negocio
mixtos o híbridos exitosos, donde los telecentros del Tercer Sector,
instancias del Estado y de la iniciativa privada pueden "ganar",
según la lógica de valor de cada cual, esta obligada alianza tripartita
no se consolida por falta de acuerdos y éxitos convincentes. Al
no contar con estos proyectos pilotos de telecentros, donde se registran
una convergencia de los intereses de estos actores institucionales,
no necesariamente en pugna, el proceso de despegue de esta modalidad
de construcción del dominio público, oferta de la conectividad y
la capacitación para regiones apartadas y poblaciones marginadas,
y la promoción de una cultura de la informática y de la información
por parte del Estado, será prolongada y accidentada. El riesgo de
una privatización de la información y los servicios digitales de
su difusión es plenamente inaceptable, obligándonos a elaborar las
políticas públicas que la coyuntura exige.
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