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Para
los niños y jóvenes, las oportunidades
de trabajo son escasas y en su mayor parte consisten
en actividades informales por las cuales no tienen
remunraciones adecuadas ni protección. La tasa
de desempleo en la provincia supera el 40%.
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Los niños "afortunados" que pueden
insertarse en alguna actividad remunerada, deben compartir
su tiempo con la escuela y dividir sus fuerzas entre
las responsabilidades de su precario trabajo y las exigencias
escolares.
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LA SITUACIÓN
Los niños, niñas y jóvenes marginados
de América Latina tienen acceso limitado a la educación
y las oportunidades y, con frecuencia, terminan trabajando
o viviendo en las calles. La prostitución, la mendicidad,
el robo y el consumo de drogas son parte de las "herramientas"
que estos niños y niñas tienen para enfrentar
la vida cotidiana. Estas prácticas, en las cuales se
involucra un número creciente de pequeños y
pequeñas, suponen enormes riesgos para la presente
y futuras generaciones y, en última instancia, para
el futuro de toda la sociedad.
Ecuador, un pequeño país al
noroeste de Sudamérica, está viviendo hoy en día la peor
crisis económica de su historia republicana. Con un estado
en bancarrota y unas élites económicas que no han sido sensibles
a la realidad del 80% de los ecuatorianos, las alternativas
que nos quedan no son muchas, y el tiempo es muy corto.
Quienes más sufren por esta situación son los sectores
más pobres (ahora el 70 % del total de ecuatorianos),
de los cuales, 4 millones (30%) gana menos de 40 dólares al
mes, o alrededor de 1 dólar al día, mientras que la canasta
de productos básicos cuesta en promedio 200 dólares mensuales.
Para toda esta gente, y en especial para los niños,
la situación ha planteado cambios radicales en su forma de
vida. Durante estos últimos meses, un porcentaje muy alto
de niños y niñas ha abandonado la escuela con el fin de realizar
persos tipos de trabajos para contribuir con el sustento familiar.
Los niños y niñas que venden diariamente en la calle algún
tipo de producto están expuestos a múltiples peligros, que
van desde los accidentes de tránsito a la violencia, la prostitución
y el uso de drogas.
Las barriadas en las que viven los niños de la calle son
lugares sin perspectiva ni esperanza. Los mismos niños
no ven la salida de su situación. La pobreza, las enfermedades,
el abuso sexual, la contaminación del entorno en que transcurre
su existencia se aceptan como realidades inmutables.
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